14 agosto, 2022 Español

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“La hegemonía no consiste solo en poder y violencia. También es la capacidad de convencer, de transformar las ideas, las opiniones. Es un proceso no solo político, sino cultural. Que debe ser guiado, liderado, por un partido político organizado, de masas.” 
-Gianfranco Pasquino

El sistema de partidos en México es aún joven, sigue recreándose.

Existe un arcoíris ideológico, plural: contamos con expresiones partidarias de izquierda, derecha y centro.

Participan institutos políticos muy nuevos, que conviven con formaciones partidarias añejas.

Prácticamente todos los espacios de la sociedad civil, encuentran en algún partido político reflejo y quehacer.

Los factores reales de poder y los grupos fácticos inciden en los partidos.

El Partido Acción Nacional, el Partido Comunista y el PRI son los más antiguos.

De vez en cuando, la ultraderecha se inserta en las acciones de los partidos, como fue el caso del partido sinarquista y el PES.

El caso del PRI es, siempre, un modelo de gestión política que merece estudio. Difícilmente va a extinguirse, es una organización política que aún cuenta con representación en diversas comunidades del país, en la subcultura política preeminente, con presencia de cuadros trasnochados e inconfesa en los demás partidos políticos.

Aún posee liderazgos experimentados y capaces que harán que supere su etapa de autodestrucción.

Nació en las entrañas del poder político para evitar que las facciones de la familia revolucionaria continúen su enfrentamiento.

Fue una solución política inteligente, al acordar la rotación en la cúpula del poder mediante procedimientos ordenados.

Una de las grandes lecciones del PRI a todos los partidos, fue que transmitía el poder con orden, disciplina, con acuerdos sin sobresaltos rupturistas.

Todo intento de división fue controlado por la fuerza o la cooptación.

Un partido que poseía una clara ideología, un poderoso discurso y una narrativa atractiva que desplegaba mecanismos de gobierno relativamente eficaces: el líder absoluto fue el Presidente, mientras quien operaba sus decisiones al interior del partido y daba garantía de unidad y disciplina, era el Secretario de Gobernación.

El dirigente del PRI fue seleccionado por el Presidente, pero acotado por el Secretario de Gobernación, quien autorizaba los nombramientos de los delegados del partido en los estados.

Los gobernadores seleccionaron al dirigente estatal del PRI, quien a su vez era vigilado por el Delegado que gozaba de comunicación con el centro, e informaba la orden presidencial o había desviaciones.

El PRI fue una maquinaria electoral muy preeminente y una organización política que permitía el acceso de líderes populares que ambicionaban espacios políticos y de poder; siempre permitió ese reciclaje de élites.

Con los intelectuales se dio una convivencia permanente, respeto a sus opiniones y permanentemente se les incorporaba al juego político en el Congreso, la diplomacia, las agencias culturales del Estado, o comprando publicidad en sus revistas y programas en medios masivos de comunicación.

La política económica permitió durante décadas un estado gestor, benefactor selectivo, solidario que apuntalaba el trabajo del partido político en campo; construyó simbiosis entre Estado y Partido, acaso como soñaron Mao y Gramsci.

Después de la tragedia y represión estudiantil de 1968, el PRI fue promotor real de la reforma electoral realizada en 1977 por Jesús Reyes Heroles, que permitió la expresión legislativa de las minorías políticas.

La clase media fue arropada por el PRI y las cúpulas económicas fueron consentidas por los gobiernos priistas.

La tecnocracia formada en otras latitudes, inició deliberadamente la destrucción de ese modelo gestor por oneroso y cada vez más disfuncional.

Quisieron ponerle precio a la gobernabilidad y a la paz social, imitar otros modelos externos alejados de la idiosincrasia popular mexicana.

El Estado y el Partido dejaron de ser los gestores por excelencia de las demandas sociales.

Los dirigentes se fueron vaciando de contenidos y su formación intelectual, devino cada día más pobre.

El dirigente de un partido nunca debe ser un burócrata, siempre debe ser un intelectual orgánico probado con habilidades operativas.

El PRI atraviesa hoy por la peor crisis de su historia; tira al basurero décadas de reflexión y operación para dar pie al porrismo y al desgajamiento de sus estructuras.

Es tan grave su deterioro que ni siquiera el PAN está dispuesto a hacer alianza con éste en las próximas elecciones.

Se le asoman nuevos liderazgos y cuadros que pueden salir en su rescate, como Enrique de la Madrid, Miguel Riquelme y ahora emerge con distingo Esteban Villegas, gobernador electo de Durango.

Beatriz Paredes, Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa parecen inmersos en una apuesta por reconstruir su liderazgo urgentemente.

El reloj de la elección mexiquense y coahuilense de 2023 y de la Presidencial de 2024, se les va de las manos y se les disolverá en la cara.

El partidazo les agoniza, herido de muerte.